NOSOTROS SABÍAMOS

Saurio1Es mucho más sencillo acertar números al día siguiente del sorteo que en la víspera, Perogrullo dixit. Afirmar ahora que sabíamos que Sinergia iba a ser bien recibida y muy elogiada tiene poquísimo valor, aunque acabamos de decirlo. Paradojas. Así y todo, ese es el máximo espacio que le vamos a dedicar a un hecho del pasado: Sinergia mira hacia delante.

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Bienvenidos a Sinergia 14.

Mirando hacia delante, entonces, ha llegado el momento de expandir y consolidar el concepto, literario y gráfico, que estamos desarrollando y que interpretamos diferente a todo cuanto se puede encontrar en materia de revistas literarias en la web. En éste, el segundo número de la segunda época de Sinergia, nos proponemos jugar con las categorías. Al proponer basarnos en criterios como ficción especulativa, narrativa conjetural y sus combinaciones, y más todavía, cuando dimos entrada a una expresión importada como slipstream, teníamos en claro que sólo se trataba de disparadores, términos gatillo destinados a provocar efectos bien definidos en autores y lectores. La síntesis conceptual de este proceso apunta a despertar la confianza de los creadores para que se sientan tentados a lanzarse a la aventura y explorar territorios que nadie se ha atrevido a transitar. Sinergia 14 intentará profundizar esta tendencia, por lo que a lo largo de los próximos tres meses les ofreceremos ficciones y no ficciones con escasa vinculación a un género específico, aunque en todos los casos sea posible detectar fuentes y orígenes. ¿Por qué no? No estamos hechos de aserrín o de arcilla, sino de palabras, y hasta donde alcanza la vista, toda la literatura está hecha con los mismos elementos (casi escribo ladrillos).

En unos cuantos

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La lluvia se desvaneció mientras improvisaban una camilla usando una de las lonas. Carmichael quería mirar hacía otro lado mientras Faustino cortaba los jeans y la camisa de Carla, pero parecía incapaz de hacerlo. Ella usaba pantaletas de algodón manchadas y un sostén de trabajo al estilo de los años cincuenta. Había heridas de bala en su brazo derecho, en su pie y muslo izquierdos. Faustino los enjuagó, les puso un poco de Betadine y los envolvió con vendas.

Había otros tres que seguían con vida, pero ninguno podía caminar. Faustino les dio un poco de morfina.

—Llamaré a la Cruz Roja cuando lleguemos a Ocosingo —dijo—. Tal vez lleguen aquí antes que la guardia.

Faustino ocultó en un árbol, bastante lejos del claro, la mayor parte de las armas que no resultaron dañadas. Se colgó tres FAL en la espalda y llenó una mochila con balas. Carmichael lo vio respingar cuando la cacha de uno de los rifles le tocó la cadera,

—A menos que quieras llevar uno… —ofreció Faustino.

Carmichael negó con la cabeza.
Durante todo el camino montaña abajo, Carmichael se preguntó qué carajos estaba haciendo. Quiso creer que lo hacía por el reportaje. Su agradable, redondeado, perfecto reportaje que de pronto estalló sobre el campo. Si se quedaba con Carla tal vez podría volver a encontrarle sentido.

La verdad, sospechaba, es que realmente no tenía alternativa. No había manera de dejar a Faustino y seguir sintiéndose como un ser humano.

Cuando el sol se puso, ya no podía pensar en nada. No podía ver y tropezaba con las rocas y las ramas que había en el sendero. Pero nada de eso molestaba a Faustino, quien seguía precediéndolo aferrando los brazos de la camilla.

Descansaron poco después del anochecer. Carmichael sacó dos bolsas de granos de la mochila y le dio una a Faustino.

—¿Qué es esto?

—Fruta seca y nueces. Está bueno.

En unos cuantos segundos la bolsa le llegó de regreso.

—Comida para animales —dijo Faustino.

¿Animales?, pensó Carmichael. ¿Quién carajo eres tú para decirme animal? Sintió que la cara empezaba a calentársele. Pudo haberle gritado a Faustino pero no tenía energía.

Carla empezó a hacer ruidos. Su cabeza se encontraba junto al sitio donde Carmichael estaba sentado.

—Acéitenlos —decía ella—. Manténganlos engrasados. Tienen que… —Carmichael le quitó el pelo de la frente, al tanteo, en la oscuridad. No pudo ver sus ojos sino hasta que ella los abrió y brillaron tenuemente.

—¿Aviones? —preguntó.

—Ya se fueron —le dijo Carmichael,

—¿Cuántos… quedaron?

—No lo sabemos aún. Faustino está aquí. Vuelve a dormir.
Su respiración cambió y sus ojos desaparecieron de nuevo.

—¿Hay un poco de morfina? —dijo Carmichael.

—No —dijo Faustino.
—Parecía luz de luna —musitó Carla—, después de que cayeron las balas.
—No hables —dijo Faustino.

—Vi hombres en la selva, mayas. Eran tres y me estaban mirando. Sólo el del medio no era maya. Era norteamericano. Quetzalcóatl. Era Quetzalcóatl. Estaban cocinando algo en una olla, algo que olía rancio. Tenían plumas, plumas verdes, en el cabello…

Claro, pensó Carmichael. Viste al gran rey blanco. Tenía noticias para ella. Ya no había grandes reyes blancos. No vendrían a salvarla, no este año, no a este país.

—Está dormida —observó Faustino—. Necesitamos ponernos en marcha.

Carmichael asintió en silencio y luego se dio cuenta de que Faustino no podía verlo.

—Bien —dijo. La mezcla de granos había ayudado a aliviar su dolor de estómago, pero no los dolores en los brazos y en el cuello. Tenía los pies hinchados contra los costados de sus botas y las piernas y brazos desnudos le daban comezón por las picaduras de los mosquitos. Faustino le dio un trago de agua y se sintió mejor durante unos cuantos segundos. Luego recordó que el agua quizá le causara disentería y se sintió muy cansado.

—Vamos —ordenó Faustino y se inclinó para recoger su extremo de la camilla.

Al pie de la colina unas luces aparecieron de alguna parte y los inmovilizaron donde estaban.

—Por favor —suplicó Carmichael entrecerrando los ojos. No podía cubrirse la cara sin dejar caer la camilla—. No disparen. —No podía creer que habían llegado tan lejos, sobrevivido a tantas cosas, sólo para morir así—. Soy americano.

—Todos somos americanos —dijo una voz.

—Estadounidense —corrigió Carmichael—. Periodista.

—Cálmate —le ordenó Faustino—. Son compás, compañeros, ¿entiendes? Están con nosotros.

—Oh —alcanzó a decir. Alguien le quitó de las manos la camilla y sus brazos se acalambraron de inmediato, disparando como latigazos las trayectorias de dolor por su espalda, hasta los omóplatos.

—Te buscarán un lugar donde dormir —dijo Faustino. Se hizo un silencio embarazoso—. Agradecemos tu ayuda.

—No fue nada —aseguró Carmichael.

Un niño lo condujo

Un niño lo condujo hasta una choza en la orilla del pueblo. Pudo haber sido “El Tigre”, pero no dijo una palabra y estaba demasiado oscuro, y Carmichael demasiado cansado como para tener alguna certeza.

Le dieron una hamaca. Estaba bastante seguro de que alguien estaría durmiendo en el suelo para que él pudiera utilizarla. En ese momento no le importaba.

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En la mañana podría armar algo en la computadora portátil que llevaba en la mochila. No el reportaje que quería escribir, sino una historia con muchos cabos sueltos y preguntas sin respuestas y sin muchas opiniones incluidas. Encontraría un teléfono para enviarla y alguna manera de hacer llegar los rollos de película a Nueva York. Luego, de algún modo, regresaría a Villahermosa, aunque tuviera que caminar, y empacaría sus maletas y tomaría un vuelo a casa, a Los Ángeles, donde pertenecía.

Despertó una vez a media noche, seguro de que había oído un disparo. Escuchó, pero sólo se oía el ronquido de un desconocido durmiendo del otro lado de la habitación.

No es para ti, se dijo. Pudo haber sido para alguien, pero no era para ti.

 

 

En este número

ortunio1Sinergia distingue dos espacios: el Universo Uno es el territorio de los artículos, las entrevistas, los ensayos y el Universo Dos es el espacio de la ficción. En este caso hemos decidido abrir el número con ficciones y dejaremos las reflexiones, análisis y opiniones para la próxima actualización. Por ese motivo, damos paso directamente a los contenidos del Universo Dos.

Universo Dos

¿Saurio necesita ser presentado? En el número anterior alardeamos de que Sinergia se propone descubrir qué se escribe en las fronteras del campo narrativo, en el límite de la inventiva y la experimentación. Todavía no nos pusimos de acuerdo acerca de lo que escribe Saurio, pero estamos seguros de que es un genuino sobreviviente de una colisión de géneros, un iconoclasta sin patente de corso (aunque si tuviera patente no sería iconoclasta) y un pendenciero del tráfico de surrealismos y los brulotes inclasificables. “¿Qué se puede hacer salvo ver películas?” no es la excepción que pone a prueba a la regla, sino exactamente lo contrario. Otra vez apostamos al riesgo y nos jugamos hasta la ropa interior.

Sin tranquilizar las aguas, que vienen bastante turbulentas y barrosas, sangramos por las heridas que produce Gerardo Horacio Porcayo con “Rue chair”. Heridas y moretones. Hierros al rojo y miembros retorcidos. Aunque todo sea por el placer, ¿verdad? Tampoco sabemos en qué casillero se puede meter lo que escribe el mexicano y por eso tenemos muchos casilleros vacíos y muchas cosas fuera de los casilleros. Mejor, digo, o peor, vaya uno a saber. Pero lo cierto es que Porcayo nunca te deja indiferente, lindo sería…

Claudio Biondino

Buenos Aires, Argentina, 1972.

Es antropólogo. En la actualidad se desempeña como docente y prepara su tesis de doctorado. Siempre se interesó por la literatura fantástica, aunque hasta hace muy poco sólo como lector. Ha publicado en Axxón, Bem on Line (que le dedicó una entrega de su sección “Entre Ushuaia e Irún”) y en francés en la revista Infiní. Uno de sus cuentos integra la antología Desde el Taller, de inminente aparición.

La luz del

El viejo tomó los papeles y, sirviéndose un generoso vaso, se sentó ante un escritorio que estaba junto a la ventana.

La luz del atardecer fue languideciendo y Cormack encendió un pequeño velador. Ese fue su único movimiento, ya que, a partir de allí, no despegó la vista de los papeles en una larga hora y media que se les hizo eterna.

Al fin, dejando la pequeña lupa de mano con la que se ayudaba en la lectura y mirando a cada uno con una expresión de asombro, comenzó a reír a carcajadas. La risa era la de un maníaco enloquecido.

Se paró y, con los papeles en la mano, dio unos pasos hablando solo, evidentemente en estado de una gran excitación y a los gritos. Reía y gritaba frases incomprensibles hasta que de repente pareció reparar en esas cuatro miradas asombradas que esperaban una respuesta.

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—Los camaradas republicanos se apenan de tener que comunicarles el secreto mejor guardado del imperio —dijo con fingida solemnidad. Volvió a tomar los papeles y, traduciendo literalmente, exclamó con su tremendo vozarrón: —¡Es un hombre! La reina es un hombre —bramó—. ¡Hace cuarenta años que lo sospechaba! —Siguió gritando, mientras aplaudía eufórico. Sirvió licor en los vasos y los obligó a brindar, cosa que hicieron sin mucho entusiasmo.

Ya era noche cerrada, sólo se escuchaban los grillos y el lejano ladrido lastimero de un perro.

En el camino de regreso a Buenos Aires apenas si se dirigieron la palabra.

Luego de la seguridad

Luego de la seguridad había que resolver la cuestión económica. Pasajes, estadías y etcéteras fueron desfilando ante los asombrados mosqueteros, aunque la última cuestión a resolver parecía la más complicada. ¿Qué pasaría si, llegado el momento crucial, el carajo de Carlitos se negaba a cumplir su varonil y patriótica función? Todos reconocieron que la tarea era hercúlea. Sodomizar a una mujer tan horrenda requería algo más que coraje. Había que vencer la repulsión que, de seguro, causaría el monstruo cuando se hallara sin ropas, o al menos, sin sus reales calzones.

Terlisky, que había cursado algunas materias de psicología, aseguró tener la solución.

Entrenarían a Carlitos con un sugestivo método que consistía en observar durante horas fotos de las mejores hembras de la revista Playboy, a las que se le colocaría la cara de doña Isabel II. La foto elegida, tenía unos cuarenta años, y era algo borrosa. Carlitos debía observar durante al menos una hora por día esas maravillosas imágenes que trucaba un sobrino del ruso, coleccionista de revistas y gran cultor de las prácticas de Onán.

Hasta el día elegido, Carlitos debía mantener en un estado de total abstinencia y castidad; esto, juraban sus amigos, aseguraría el éxito de la empresa. Una dieta, a base de apio y nueces complementaban la puesta a punto de nuestro campeón.

La operación (que llevaría el sutil nombre clave de Pavo Real) estaba en marcha. Carlitos fantaseaba con su regreso glorioso a un aeropuerto repleto de banderas y ya imaginaba la tapa de Crónica con su foto y, en letras enormes, su nombre ligado a la hazaña: Macho argentino somete a reina pirata.

En una reunión en la que Torres se mostró más reservado y misterioso que de costumbre, anunció solemnemente que había hecho contacto con los patriotas de la verde Erín. A partir de esa noche los encuentros debían hacerse con la mayor de las cautelas.

Al mes llegó el primer correo. Esperado con ansiedad por el grupo, la decepción fue mayúscula cuando vieron que la clave de la comunicación estaba escrita en gaélico.

Les llevó semanas conseguir en Buenos Aires a alguno que conociera la antigua lengua de los druidas. Por fin, a alguien se le ocurrió consultar en la embajada donde consiguieron el domicilio de un cura medio chiflado nacido en Killkenny y que residía en Saladillo.

El padre Miguel Cormack tenía más de ochenta años y vivía en las afueras del pueblo. Altísimo y con el pelo totalmente blanco, los atendió con una sonrisa que mostraba una dentadura escasa y deteriorada.

De algún lugar de su enorme biblioteca sacó una botella con la que convidó generosamente un licor que el mismo preparaba, a base de whisky y leche y luego de una breve introducción, Torres, que llevaba la voz cantante, le exigió que guardara lo allí conversado como un secreto de confesión.

Algunos investigadores

Algunos investigadores afirman que, cuando comenzó la última glaciación hace más de setenta mil años, los licántropos ya poseían una cultura bastante sofisticada, sin embargo, los primeros datos fiables sobre ellos proceden del final de la misma, hace entre diez y doce mil años. Se sabe con certeza que, al terminar el período glacial, los primeros humanos —los llamados hombres de Neandertal—, cazaban con herramientas de piedra y hueso, recolectaban vegetales y vivían en cuevas o cabañas confeccionadas con ramas y pieles. Sin embargo, se ha comprobado que los licántropos habitaban poblados de piedra, cultivaban la tierra y criaban ganado. Los licantropólogos están convencidos de que fueron éstos los inventores de algunos de los avances técnicos más importantes de la historia, como la rueda y otros instrumentos y armas primitivos, que más tarde fueron utilizados por el homo sapiens.

»Cuando hace diez mil años el clima comenzó a hacerse más cálido, los neandertales, que eran una especie aclimatada al frío intenso, comenzaron a extinguirse, dejando a los licántropos los territorios que habían ocupado. Pero por aquella época apareció un nuevo homínido. Procedía de África, era más evolucionado que su antecesor y estaba adaptado al nuevo clima; se trataba del homo sapiens sapiens.

»Durante los milenios que los licántropos compartieron los territorios de caza con los neandertales, el mundo rebosaba de alimento y, por consiguiente, no hubo demasiada competencia entre las dos especies. Pero los nuevos humanos, mucho más versátiles y prolíficos que sus antecesores, se fueron extendiendo cada vez más, rivalizando con los licántropos por el espacio y el alimento. Así fue como comenzaron las luchas entre las dos especies.

»Durante los periodos de Luna llena los licántropos eran físicamente superiores a los humanos. Pero, al predominar en su mente los instintos salvajes, eran incapaces de mantener una organización coherente. Eso provocó que, para evitar ser cazados como animales, se retirasen a zonas alejadas de sus hostiles vecinos.

»Cuando no había Luna llena la constitución física de ambas especies era casi idéntica, lo que permitió a los licántropos infiltrarse poco a poco en los poblados humanos; aunque se veían obligados a ocultarse durante el plenilunio. Pero de vez en cuando alguno era descubierto en su forma lupina, y como la humanidad siempre temió a todo lo que no comprendía y ha destruido a todo lo que temía, los licántropos fueron perseguidos y cazados.
Víctor comprobó las lecturas de radar. Como era de esperar, en los próximos cien kilómetros no existía nada que no fuesen pequeños cráteres y polvo. Por el horizonte se distinguía una cadena de montañas y a su derecha un gran cráter. En esos momentos no estaba interesado en consultar el nombre de los accidentes geográficos en el ordenador. Sin embargo, antes de continuar escribiendo reflexionó unos instantes. Recordó que todo lo que consignaba en su relato lo había aprendido en la niñez, contado por sus mayores, tal como ocurriera durante miles de generaciones, desde tiempos inmemoriales. Sabía que la tradición oral provocaba que la historia de su especie estuviese plagada de lagunas y contradicciones. Pero durante siglos la necesidad de supervivencia se impuso a la de llevar registro escrito de los hechos históricos. No podían permitirse ser descubiertos. Sólo en los tres últimos siglos se había comenzado a recopilar información en secreto, oculta a las miradas inquisitivas de los humanos, siempre tan susceptibles. Aunque lo cierto era que la humanidad también registraba la existencia de los licántropos a través de mitos y leyendas.

Cuando se terminaron

Carmichael vio que el viejo cambiaba un .22 de un solo tiro por un FAL tan nuevo que el cañón todavía estaba pegajoso por la grasa. Cuando regresó, su sonrisa era tan amplia que Carmichael pudo ver sus cinco dientes.

—Aquí está mi “enlace” —dijo el viejo mientras sacudía alegremente el rifle.

Cuando se terminaron los FAL, Ramos organizó los intercambios. Al muchacho de los pantalones anaranjados le tocó el .22 del viejo. El cañón estaba pegado con cinta adhesiva plateada, pero el muchacho parecía feliz de tenerlo. Un arma, cualquier arma, era lo que te convertía en un soldado auténtico.
Carmichael tomó otro rollo de película y fue a despedirse de Carla. Le estrechó la mano.

—Necesito regresar con el reportaje —dijo. Si se apresuraba, podría llegar a la granja donde él y “El Tigre” habían pasado la noche anterior. No quería estar en la selva después de que anocheciera.

—Comprendo —dijo Carla. Estaba inquieta de nuevo, y Carmichael podía decir que se sentía igualmente feliz de ver que se iba—. Queremos que la revolución llegue a todos los supermercados mientras aún está fresca. Mandaré un correo con usted.

—No es necesario —dijo Carmichael—. Me las arreglaré.

Se despidió agitando la mano desde la orilla del campamento y Carla y el viejo y algunos de los otros le devolvieron el gesto, Faustino se mantuvo de pie con los brazos cruzados, como si posara para una estatua en el centro de La Habana.

Más o menos diez minutos después de salir del campamento, no podo soportarlo más y se sentó a escribir algunas notas. Sus manos se movían con un temblor rápido y fino. Sacó un carrujo de su mochila y lo encendió. Con el carrujo colgándole en un extremo de la boca, cubrió con caracteres toscos tres páginas de un block amarillo tamaño oficio.

—Maldición —exclamó. Era buen material. Era material para hacer carrera. Era el tipo de material que aceptaba la AP y la UPI y el maldito New York Times. Cuando regresara a Villahermosa se iba a invitar a sí mismo un par de tragos.

No escuchó los aviones hasta que estuvieron sobre él.

Llenaban todo el espectro de sonido, desde el gemido agudo de sus turbinas hasta el rugido de su válvula de descarga, con el traqueteo de las ametralladoras en algún lugar entre todo eso. El sonido llegaba en oleadas, golpeándolo hasta hacer que las orejas le zumbaran. Unas trazadoras anaranjadas marcaron líneas punteadas que caían del cielo sobre el campamento rebelde.

Entre el carrujo de mariguana y lo repentino de los hechos, su cerebro se había nublado. El mensaje tardó largos segundos en abrirse paso. Los aviones estaban atacando al ejército de Carla.

Se paró de un salto y miró frenético a su alrededor. Una desgarrada estela de vapor blanco brotaba de uno de los aviones. Hubo un destello en el horizonte y dos segundos después la tierra se sacudió y finalmente el sonido llegó hasta él, en un largo y estridente grito, y luego un trueno.

El mejor cálculo de Carmichael era de cuatro aviones. Se movían con movimientos repentinos a través del cielo, como juguetes en las manos de un niño gigante e invisible y resultaba difícil enfocarlos. Sin embargo, sabía que eran Warriors italianos SF-2260. El gobierno mexicano había comprado una docena con dinero prestado por Estados Unidos, específicamente para usarlo contra las guerrillas.

La tierra se estremeció y Carmichael se dio cuenta de que estaba de pie, expuesto, en medio del sendero. Se zambulló en la selva, incapaz de oír el crujido de las hojas y ramas por el ruido de los aviones. Se agazapó detrás de algo que parecía un roble en el preciso instante en que una partida de rebeldes bajaba corriendo por el sendero, con los rostros vacuos por el terror.

La apertura motorizada

Porcayo1No tenemos mapas, no tenemos rutas. La apertura motorizada por el contacto con autores acampados más allá de cualquier género, nos ha dado vía libre para proponerles que visiten Sinergia. Y el resultado ha sido sorprendente. Nadie preguntó qué es Sinergia, para qué, para quién. Nos dijeron cosas como “estimulante”, “disfrutable”, “persuasiva”. Ni siquiera sabemos si se trata de elogios o críticas veladas, pero llegaron ficciones desde ángulos inverosímiles, o por lo menos no previstos. ¿Si sabemos qué significa? No. Porque no todo lo que llegó fue aprobado, porque no todo nos gustó, porque no todo se adecua a lo que pretendemos que sea Sinergia. Pero también nos expresamos en términos no convencionales en relación con ese material y eso potenció nuestra propia capacidad de apreciación: estamos leyendo sin prejuicios, no pedimos la adscripción a determinado club o banda “antes” de leer un texto. Y después… ya sabemos que después todo es posible.

Exponer es exponerse, ya se dijo. En los próximos tres meses podrán leer el resultado de nuestros vicios ancestrales y consuetudinarios y el producto de las nuevas aventuras que nos atrevimos afrontar. En Sinergia pensamos que un editorial no es otra cosa que la primera cara que uno ve cuando se mete en un tugurio de dudosa catadura, una justificación de las perversiones que se agazapan entre los pliegues de una cita a ciegas, un faro que se enciende cuando el curso de colisión con los arrecifes ya no puede ser cambiado. Así que más allá de que me siento muy a gusto escribiendo editoriales, porque en ellos puedo expresar lo que siento sin limitaciones, en realidad lo que importa es lo que ustedes van a leer en Sinergia 14, desde ahora hasta que el verano austral caiga sobre nuestras cabezas y los hermanos del hemisferio norte preparen los abrigos. Desde ahora y hasta que les digamos que empieza Sinergia 15.